Estás parado en la orilla de la pista de baile, con la corbata ya deshecha y una cerveza tibia en la mano, sintiendo cómo el calor de Tepoztlán se te pega a la camisa. A tu alrededor, tus tíos y primos gritan celebrando a los novios, pero tú no estás viendo a la novia, ni al novio, ni siquiera a las primas de tu edad que se arreglaron horas para esta boda.


Tú solo tienes ojos para ella.


Ahí está tu tía Vanesa. Tiene treinta y ocho años, pero si no supieras que es hermana de tu madre, jurarías que tiene veinticinco y mucha más experiencia en pecado que cualquier mujer que hayas conocido. Lleva un vestido color vino, de satén, con una abertura en la pierna que es un insulto para la iglesia donde fue la ceremonia y una bendición para ti.


—Mira nada más cómo viene... —susurra tu madre a tu lado, con esa voz cargada de veneno y envidia—. Se cree una jovencita. Qué ridícula. A su edad y enseñando todo. Por eso no tiene marido.


Tú asientes mecánicamente para que tu madre se calle, pero por dentro piensas que tu madre no tiene ni puta idea. Vanesa no "se cree" una jovencita; se las come vivas. Mientras las amigas de tu prima están preocupadas por que no se les corra el rimmel, tu tía está en el centro de la pista, con una copa de gin en la mano, bailando reguetón con una cadencia que hipnotiza.


Suda. Brilla. Se ríe con la cabeza echada hacia atrás, exponiendo ese cuello largo que huele vida y experiencia.


Ella es la "tía divertida", la que viaja sola, la que llega a las comidas familiares con resaca y una sonrisa cínica. La que conserva ese cuerpo duro, de cintura estrecha y caderas que parecen diseñadas para agarrarse, precisamente porque no se ha desgastado criando hijos ni aguantando a un marido aburrido como tu padre.


De repente, ella se detiene. Se limpia el sudor de la frente y sus ojos recorren la fiesta buscando algo.


Te encuentran a ti.


Julián. Su sobrino favorito. El universitario callado que siempre la observa un poco más de la cuenta.


Ella sonríe. No es una sonrisa de tía cariñosa. Es esa sonrisa de complicidad que te ha lanzado un par de veces en Navidad cuando te sirve un trago a escondidas. Deja a su pareja de baile —un tipo divorciado amigo de tu papá que lleva media hora intentando ligársela— y camina directo hacia ti, partiendo la multitud con sus caderas.


Tu corazón empieza a martillear contra tus costillas. Sabes que tu madre te está mirando, pero no puedes moverte.


—Julián... —dice ella al llegar, y su voz ronca por el alcohol te eriza los pelos de los brazos—. ¿Qué haces aquí tan solito y tan serio? Pareces un señor.


Se acerca demasiado. Su olor te inunda: una mezcla de flores dulces, sudor de baile y mezcal.


—Estaba descansando, tía —respondes, y tu voz sale más grave de lo normal.


Ella suelta una risa corta y te quita la cerveza de la mano. Le da un trago largo, sin importarle que sea la tuya, dejando la marca de su labial rojo en el borde de la botella.


—Descansar es para los viejos, mi amor. Y tú... —te recorre con la mirada, de arriba abajo, deteniéndose un segundo peligroso en la zona de tu cinturón— tú estás en tu mejor momento.


Te toma de la mano. Su palma está caliente, húmeda.


—Ven. Vamos a bailar. Sácame de aquí antes de que el amigo de tu papá me invite otra pieza y me muera de aburrimiento.


—Pero... mi mamá... —empiezas a decir, volteando a ver a tu madre, que tiene los ojos entrecerrados de coraje.


Vanesa te jala con fuerza, acercando su boca a tu oído. Sientes su aliento caliente chocando contra tu lóbulo.


—Que se joda tu mamá, Julián. Ella ya tuvo su vida. Ahora te toca a ti divertirte con la tía loca.


Te dejas arrastrar al centro de la pista. La música está a todo volumen, un bajo retumbante que te vibra en el pecho. Vanesa se gira y empieza a moverse, encarando tu torpeza con una naturalidad aplastante.


Tú levantas las manos y, con una timidez que te hace sentir estúpido, las posas apenas sobre los costados de su cintura. Tus dedos rozan la tela satinada de su vestido con miedo, como si estuvieras tocando una pieza de museo que dice "no tocar". Estás rígido, manteniendo esa distancia de seguridad de "sobrino respetuoso".


Ella se da cuenta al instante. Suelta una carcajada que se pierde entre la música, niega con la cabeza y baja sus manos hacia las tuyas.


—Ay, mi amor, por favor... —te grita para hacerse oír—. Si me tocas así, voy a pensar que te doy asco o que te doy miedo.


Con un movimiento firme, atrapa tus manos y las presiona contra su cuerpo, obligándote a cerrar los dedos sobre la curva real de su cintura, ahí donde el hueso de la cadera se encuentra con la carne suave.


—Agárra bien, Julián —te dice, mirándote a los ojos con esa chispa burlona—. Que no soy de porcelana, no me rompo. Aprieta. Así se baila esto.


Al sentir tu agarre firme, ella sonríe satisfecha y se pega más a ti. De repente, la barrera invisible se rompe. Sientes el calor de su cuerpo traspasando el satén vino, sientes cómo se mueve cada músculo de su abdomen contra tus manos.


Es en ese momento cuando pasa el carrito de los shots.


Vanesa intercepta al mesero con la agilidad de una experta. Agarra tres vasos de tequila.


—¡Fondo, fondo! —grita ella, empujándote un vaso contra el pecho.


Tú te lo tomas de golpe. El líquido quema, raspa, y te saca una mueca. Pero antes de que puedas recuperarte, ella ya te está poniendo el segundo en la mano.


—El otro es para la otra pierna, para que no cojees —te dice con un guiño, mientras ella se toma el suyo sin siquiera pestañear, chupando un limón con una sensualidad innecesaria.


Te tomas el segundo. El alcohol te golpea rápido, mezclándose con el calor de Tepoztlán. El mundo se vuelve un poco más borroso, más brillante. Te sientes valiente.


A lo lejos, ves movimiento. Tus padres se acercan. Tu madre tiene esa cara de fatiga crónica y desaprobación; tu padre bosteza.


—Julián, nosotros ya nos vamos —dice tu madre, gritando sobre la música, fulminando a Vanesa con la mirada—. Tu papá está agotado y a mí me duelen los pies. ¿Te vienes o qué?


Miras a tu madre, luego miras a Vanesa, que está tarareando la canción, moviendo los hombros, fingiendo demencia.


—Eh... no, ma. Me quedo otro rato —respondes. El tequila habla por ti—. Está buena la fiesta. Yo me regreso caminando al hotel, está aquí cerca.


Tu madre frunce el ceño. —No tomes mucho. Y cuidado con... —lanza una mirada acusadora al vestido de tu tía— con las malas compañías.


Vanesa se interpone, abrazándote por el hombro, pegando su pecho contra tu brazo.


—Ay, hermanita, no seas amargada. Déjalo que disfrute, que está joven —dice Vanesa con una sonrisa viperina—. Vayan a descansar sus huesos. Yo te lo cuido. Yo me aseguro de que llegue... bien atendido.


Tu madre resopla, agarra a tu padre del brazo y se dan la media vuelta. Los ves alejarse entre la multitud, saliendo del jardín de eventos.


Y entonces, sucede.


La sensación de libertad te cae encima como un balde de agua fría... o de gasolina.


Ya no hay padres. Ya no hay juicios. Ya no hay nadie que te diga que esa mujer que tienes abrazada es tu tía. Ahora solo son un hombre joven con dos tequilas encima y una mujer espectacular que huele a peligro.


Vanesa te mira, y su expresión cambia. La sonrisa burlona se vuelve algo más oscuro, más intenso.


—Por fin... —murmura ella—. Ya se fueron los aguafiestas.


Se da la vuelta lentamente, dándote la espalda, y empieza a bailar de nuevo. Pero esta vez no es un baile social. Pega su trasero contra tu entrepierna, sin disimulo, y empieza a bajar despacio, frotándose contra ti al ritmo del bajo, dejándote sentir exactamente lo redonda y firme que está bajo ese vestido de satén.


Tú tragas saliva, sintiendo cómo tu pantalón de vestir se vuelve dolorosamente estrecho, y por primera vez en la noche, no intentas alejarte. Aprietas su cintura, tal como te enseñó, y te dejas llevar.


La música cambia de golpe. El DJ corta el reguetón y suelta los primeros acordes de una salsa clásica, de esas que exigen cadencia y cercanía. "Llorarás" de Oscar D'León empieza a sonar.


Vanesa se gira hacia ti. Sus ojos brillan con una intensidad líquida. Te agarra la mano derecha y la pone en su espalda baja, justo donde termina el escote del vestido y empieza la curva peligrosa de sus nalgas. Con su otra mano, te toma la nuca.


—A ver si es cierto que tienes ritmo, Julián —te reta.


Intentas seguirle el paso. El alcohol te ha soltado las piernas, pero ella es una experta. Te mueve a su antojo, pegándose y separándose, haciendo que sus muslos rocen contra los tuyos en cada vuelta. El roce de la tela satinada contra tu pantalón es una tortura exquisita.


Pero a mitad de la canción, cuando el coro explota, ella se detiene.


Mira a los lados. Nadie está prestando atención; todos están borrachos, saltando o ligando.


—Vente... —te susurra, jalándote de la corbata.


No te lleva a la mesa. Te jala hacia la orilla del jardín, lejos de la carpa principal, hacia la zona de los baños portátiles de lujo que pusieron para el evento. Pero no entra ahí. Te arrastra un poco más allá, detrás de una pared de buganvilias y piedra volcánica, donde la luz de la fiesta apenas llega y las sombras se comen todo.


El ruido de la música llega amortiguado. Aquí huele a tierra mojada, a noche de pueblo y, sobre todo, a ella.


Vanesa te empuja suavemente hasta que tu espalda choca contra la pared de piedra fría y rasposa. Ella se planta frente a ti, bloqueándote la salida, invadiendo tu espacio personal de una forma que ninguna tía debería hacer.


Respira agitada por el baile. Su pecho sube y baja, y tú no puedes evitar bajar la mirada a ese escote que brilla con una capa fina de sudor. Se ve deliciosa. Se ve prohibida.


Ella se da cuenta de tu mirada. No se cubre. Al contrario, echa los hombros hacia atrás para mostrártelo mejor. Levanta una mano y te acaricia la mejilla; sus dedos están fríos por el vaso que sostenía hace rato, pero su palma arde.


—Dime la verdad, Julián... —te dice, y su voz baja un tono, volviéndose cómplice, sucia—. ¿Tú también crees todo lo que dice tu mamá de mí?


Niegas con la cabeza, incapaz de hablar. Tienes la garganta seca.


Ella sonríe de lado y da un paso más, pegando su pelvis contra la tuya. Sientes el calor de su cuerpo a través de su vestido y de tu ropa. No hay duda de que ella puede sentir lo duro que estás. Imposible ocultarlo ahora.


Ella baja la vista hacia tu bulto, se muerde el labio inferior y vuelve a subir sus ojos oscuros a los tuyos.


—Porque tu mamá dice que soy una perdida...

capitulo 2


 que soy la manzana podrida de la familia —susurra, acercando su boca a la tuya, rozando sus labios con los tuyos sin besarte todavía—. Y a lo mejor tiene razón.


Pasa sus uñas suavemente por tu cuello, bajando hacia tu pecho, desabrochando el primer botón de tu camisa que seguía cerrado.


—Dime, sobrino... —te dice, echándote su aliento con olor a tequila en la cara—. ¿Quieres averiguar qué se siente ser la oveja negra un ratito? ¿O te vas a ir a dormir como un niño bueno?


Hace una pausa, te mira con una lascivia que te hace temblar las rodillas y remata:


—¿Quieres pecar con tu tía Vanesa, mi amor?


Te quedas mudo. La pregunta flota en el aire espeso de la noche: "¿Quieres pecar con tu tía?". Intentas formular una respuesta inteligente, algo que suene adulto, pero tu cerebro se ha desconectado. Solo puedes sentir su pelvis presionando la tuya y ese olor a perfume y deseo que te marea.


Ella nota tu parálisis y suelta una risa suave, ronca, que te vibra en el pecho.


—Ay, Julián... —susurra, subiendo sus manos desde tu pecho hasta tus hombros, apretando los músculos—. No me mires así, como si fueras un niño asustado. Ya no eres un niño.


Te acaricia la nuca, jugando con el pelo que te roza el cuello de la camisa.


—Llevo toda la noche viéndote —confiesa, acercándose tanto que sus pestañas casi rozan las tuyas—. Te has puesto guapísimo, condenado. Tienes esa espalda ancha, esa mandíbula marcada... te has vuelto un hombrecito muy sexy, ¿lo sabías? Mucho mejor que cualquiera de tus primos que andan acá.


Sientes que la sangre se te sube a la cara. Nadie te había hablado así nunca, y mucho menos ella. Es una mezcla de vergüenza y orgullo que te infla el ego.


—Tía, yo... —balbuceas, con la voz rota.


—Shhh. No digas nada. —Te pone un dedo sobre los labios para callarte—. Solo disfruta.


Se inclina hacia ti. Cierras los ojos esperando un beso profundo, devorador, pero ella es una experta en jugar con tu ansiedad. Solo te da un "piquito". Un beso corto, seco, pero cargado de intención. Sus labios rozan los tuyos apenas un segundo, sellando un pacto silencioso, y se separa dejándote con la boca abierta y el corazón a mil.


—Vámonos, que nos van a extrañar en la pista —dice, guiñándote un ojo y jalándote de la mano de regreso a la luz.


El resto de la fiesta es una nebulosa de alcohol y sudor.


Vuelven a la pista, pero ya nada es igual. Ahora bailas pegado a ella sin miedo. Cada vez que el DJ pone una canción lenta o un reguetón sucio, Vanesa se encarga de frotarse contra ti, de poner tus manos en su cintura, de susurrarte cosas al oído que te hacen reír y temblar al mismo tiempo.


Pasan los meseros. Shot. Shot. Shot.


El tequila y el ron hacen su trabajo. La vergüenza desaparece por completo.


Poco a poco, el jardín se empieza a vaciar. Los tíos aburridos se fueron hace horas. Solo quedan los amigos borrachos del novio, las primas que ya perdieron los tacones y ustedes dos, en su propia burbuja de complicidad.


Son casi las tres de la mañana. La música baja de volumen. El aire de Tepoztlán se pone frío, pero tú estás ardiendo.


Vanesa se detiene de golpe a mitad de una canción. Se acaba la copa de un trago y la deja en una mesa vacía con un golpe seco. Te mira. Sus ojos están un poco vidriosos, el maquillaje corrido de una forma jodidamente sexy, y el pelo alborotado.


Se acerca a ti, te agarra de las solapas del saco y te jala hacia abajo para que la escuches bien.


—Ya me harté de esta gente, Julián —te dice al oído, y sientes la humedad de sus labios rozando tu piel—. Me duelen los pies y tengo calor. Mucho calor.


Te mira a los ojos, seria, depredadora.


—Mi habitación está en el hotel boutique de aquí al lado. El cuarto 402. Tiene una cama enorme... y un mezcal que me traje de contrabando.


Te aprieta la solapa, jalándote un poco más hacia ella.


—Acompáñame —ordena, con esa voz de mando que no admite un "no" por respuesta—. No quiero dormir sola. Y estoy segura de que tú no quieres regresar al hotel con tus papás a escuchar los ronquidos de tu papá.


Te suelta y empieza a caminar hacia la salida, moviendo esas caderas que te han tenido hipnotizado toda la noche. No voltea. Sabe que la vas a seguir.


Y tiene razón. Sin pensarlo dos veces, te olvidas de tu familia, de la moral y del qué dirán, y caminas detrás de ella, directo hacia la boca del lobo.


El camino al hotel es corto, pero se siente eterno y eléctrico. Las calles empedradas de Tepoztlán están desiertas, iluminadas apenas por faroles amarillentos que alargan sus sombras.


A medio camino, Vanesa se detiene.


—Ay, a la mierda con esto —dice, y se agacha para quitarse los tacones.


Se queda descalza sobre la piedra fría, con los zapatos colgando de una mano. Ahora se ve más baja, más terrenal. Se acerca a ti y se cuelga de tu brazo, pegando todo su costado al tuyo.


—Úsame de bastón, Julián —te dice, recargando su cabeza en tu hombro—


Caminan así, pegados, como una pareja de novios borrachos. Sientes el roce de su cadera contra tu pierna con cada paso, y el olor de su pelo te inunda la nariz. Ella va tarareando bajito, riéndose sola, pero sabes que no está tan borracha como finge. Te está probando. Está midiendo qué tan firme la sostienes.


Llegan al hotel boutique. El recepcionista nocturno, un chico joven que cabecea en el mostrador, apenas los mira cuando cruzan el lobby y suben las escaleras de madera crujiente hacia el segundo piso.


Cuarto 402.


Vanesa saca la llave antigua y batalla un poco para meterla en la cerradura. Tú te quedas detrás de ella, hipnotizado por la vista de su espalda y ese vestido vino que se ciñe a sus nalgas como una segunda piel.


—Entra... —susurra ella cuando la puerta se abre.


La habitación es rústica, penumbra, velas falsas y una cama King Size con dosel que domina todo el espacio. Huele a madera, a incienso de copal y a encierro íntimo.


Ella cierra la puerta detrás de ti y pasa el cerrojo. Clack.


Ese sonido te encierra en su mundo. Ya no hay vuelta atrás.


Vanesa tira los zapatos en una esquina y camina hacia la mesa de noche, donde tiene una botella de mezcal artesanal sin etiqueta.


—¿Uno más para dormir? —pregunta, sin esperar respuesta. Sirve dos vasos en jícaras de barro.


Te tiende uno. Sus dedos rozan los tuyos al entregártelo, y esa chispa eléctrica vuelve a saltar. Se toma el suyo de un trago, haciendo una mueca por el ardor, y se pasa el dorso de la mano por los labios húmedos.


Luego, se da la vuelta. Te da la espalda deliberadamente.


Se recoge el pelo con ambas manos, dejando expuesta su nuca y esa línea elegante de su columna vertebral.


—Ayúdame, Julián —te pide, con una voz suave que es pura dinamita—. Este cierre se traba y ya no tengo flexibilidad para alcanzarlo.


Te quedas paralizado un segundo, con el mezcal en la mano.


—¿Julián? —insiste ella, girando un poco la cabeza para mirarte por encima del hombro—. ¿O te tengo que pedir por favor?


Dejas el vaso en la mesa. Te acercas a ella. Tus manos sudan. Estás temblando.


Llegas a su espalda. Ves el pequeño tirador del cierre invisible que baja desde su omóplato hasta la curva de su trasero.


Levantas la mano. Rozas su piel caliente. Ella se estremece visiblemente ante tu tacto, y ese pequeño espasmo te da un golpe de valor.


Agarras el cierre.


—Despacio... —murmura ella—. Disfrútalo.


Empiezas a bajarlo. Zzzzzzip. El sonido es rasposo en el silencio del cuarto. A medida que bajas, la tela satinada se abre, revelando centímetro a centímetro su piel desnuda.


No trae sostén.


Ves su espalda pálida, suave, marcada por el sol de Tepoztlán. Ves la curva de su cintura estrechándose. Llegas al final del cierre, justo encima de sus nalgas. El vestido se afloja, cayendo peligrosamente de sus hombros, sostenido apenas por la gravedad y la tensión del momento.


Te quedas ahí, respirando su olor, viendo la piel prohibida de la hermana de tu madre.


—¿Te gusta lo que ves, sobrino? —pregunta ella, sin darse la vuelta todavía, sabiendo exactamente el efecto que está causando en ti.


—Tía... estás... —tu voz es un hilo.


Ella se gira despacio, sujetando el vestido contra su pecho con una mano para que no caiga del todo al suelo, pero dejando los hombros y la parte superior de su escote al aire. Te mira con los ojos entrecerrados, húmedos por el alcohol y el deseo.


Crees que te va a besar. Te inclinas instintivamente hacia ella, atraído como un imán.


Pero justo antes de que tus labios la toquen, Vanesa te detiene. Pone un dedo en tu pecho y da un paso atrás, alejándose de tu alcance con una risa suave que te frustra y te enciende.


—Todavía no, sobrino... —murmura, mordiéndose el labio—. Primero necesito quitarme esta armadura. Hace un calor del infierno.


Se da la media vuelta y camina hacia el baño. No corre. Camina con una lentitud deliberada, torturándote.


Y es ahí, mientras se aleja, cuando suelta un poco el agarre del vestido. La tela se desliza más por su espalda, revelando lo que antes estaba oculto: los hoyuelos de Venus en su espalda baja y, finalmente, lo que te corta la respiración... una tanga negra, minúscula, de encaje. Es un hilo dental que se pierde entre sus nalgas redondas y firmes, contrastando brutalmente con su piel pálida donde el sol no le ha dado.


Ella se detiene en el marco de la puerta del baño, gira la cabeza apenas un poco y te lanza una mirada por encima del hombro, asegurándose de que viste el espectáculo completo.


—No te vayas a ir... —te advierte.


Entra y deja la puerta entreabierta. Escuchas el sonido del agua del grifo y el roce de la tela satinada al caer al suelo. Te quedas ahí parado en medio de la habitación, con el corazón en la garganta y el pantalón lastimándote, imaginando lo que está pasando detrás de esa puerta.


Un minuto después, la puerta se abre.


Vanesa sale. Ya no hay vestido de satén, ni tacones, ni joyas.


Lleva puesta una playera de algodón blanca, enorme, tiene unas palmaera, una tortuga y dice Acapulco. Le queda holgada, cayéndole hasta medio muslo, pero la tela es delgada, vieja y suave.


Y es evidente que no trae nada debajo.


Mientras camina hacia ti, el movimiento de la tela revela el contorno perfecto de sus pechos libres. Puedes ver el vaivén natural, pesado, de una mujer adulta, y lo más evidente: sus pezones oscuros y duros marcándose contra el algodón blanco como dos botones de pánico que te mueres por apretar.


Se sienta en la orilla de la cama, cruzando las piernas como indio, dejando que la playera se suba un poco más, enseñando muslo.


—Sírveme ese trago, anda —te pide, señalando la botella de mezcal—. Y ven aquí. Siéntate conmigo. La cama es muy grande para que te quedes allá parado como estatua.


Obedeces. Sirves el mezcal con manos que tiemblan ligeramente y te sientas en la orilla del colchón, manteniendo una distancia prudente.


Ella toma el vaso, le da un sorbo y te mira a los ojos. Ahora empieza el interrogatorio.


—A ver, Julián... cuéntame —dice, ladeando la cabeza—. ¿Por qué un muchacho tan guapo como tú viene solo a estas bodas? ¿Dónde están las novias?


—No tengo novia ahorita, tía —respondes, tratando de no mirar sus pechos, que están a centímetros de tu brazo, moviéndose con cada respiración.


—¿Por qué? —insiste ella, acercándose un poco más, invadiendo tu espacio—. ¿Son muy aburridas las niñas de tu edad? ¿O es que no saben lo que te gusta?


Tragas saliva. —No es eso... es que...


—¿Es que qué? —te interrumpe, bajando la voz a un susurro rasposo—. ¿Te ponen nerviosas? ¿O no sabes que hacer?


Se inclina hacia ti. El olor a mezcal y a su piel limpia te invade por completo.


—Porque yo te vi en la fiesta, Julián. Vi cómo mirabas a las amigas de tu prima. Y vi cómo me mirabas a mí cuando bailábamos. Tienes una mirada sucia, mi amor. Una mirada que no pasa desapercibida


Tu respiración se acelera. Te sientes expuesto, desnudo ante ella. Ella te lee la mente mejor que nadie.


—¿Te da vergüenza que tu tía sepa que eres un caliente? —pregunta, y su mano izquierda se mueve despacio sobre la colcha, acercándose peligrosamente a tu pierna.


—No es vergüenza... —mientes.


—Entonces, ¿qué es esto? —dice ella.


Sin previo aviso, su mano aterriza directamente sobre tu entrepierna.


No es un roce accidental. Su palma caliente ahueca tu bulto por encima de la tela del pantalón de vestir. Aprieta con firmeza, midiendo el grosor, sintiendo lo dura y palpitante que está tu verga bajo el cierre.


Sueltas un jadeo involuntario y te tensas, pero no te quitas. Al contrario, tus caderas buscan instintivamente su mano.


Ella sonríe, satisfecha, moviendo sus dedos suavemente sobre la erección, acariciándote a través de la tela, disfrutando de cómo reacciona tu cuerpo a su tacto prohibido.


—Míralo nada más... —murmura, fascinada, sin dejar de masajearte—. Tan calladito que se ve en la cena de Navidad, y mira cómo se pone cuando está a solas con la tía. Está durísima, Julián.


Mueve la mano un poco más rápido, frotando la cabeza de tu pene contra la costura del pantalón, arrancándote un gemido ahogado.


—¿Es por mí? —pregunta, mirándote a los ojos, retándote a decirlo—. ¿Te pone duro tu tía Vanesa?


Asientes, incapaz de hablar, totalmente rendido.


Ella detiene el movimiento de su mano, pero no la quita. La deja ahí, pesada, posesiva, sobre tu virilidad. Se muerde el labio inferior y clava sus ojos oscuros en tu boca.


—Julián... —susurra, y el aire en la habitación se vuelve denso, cargado de la promesa de lo que viene—. ¿Y si me besas?


No respondes con palabras. El deseo te gana. Te inclinas hacia ella y estampas tu boca contra la suya.


Al principio, tu beso es torpe, hambriento, desesperado. Chocas contra sus dientes, intentando devorarla. Pero Vanesa, con la calma de quien ha besado a cien hombres antes que a ti, te frena. Te sujeta la cara con ambas manos, inmovilizándote, y empieza a mover los labios con un ritmo lento, húmedo y profundo.


Te obliga a bajar la velocidad. Te obliga a saborearla: el mezcal, el tabaco mentolado, la saliva caliente.


Mientras te besa, sientes que ella toma el control de tus manos, que colgaban inútiles a tus costados. Agarra tus muñecas con fuerza y las arrastra hacia su cuerpo.


—Aquí... —murmura contra tu boca—. Toca lo que estabas mirando.


Lleva tus manos hacia atrás, a sus caderas, y luego más abajo. Tus dedos se hunden en sus glúteos. Sientes la diferencia brutal entre la tela suave de la playera y la piel desnuda y caliente de sus nalgas. Rozas el encaje de la tanga, ese hilo dental que te tenía hipnotizado, y aprietas la carne. Ella gime en tu boca, aprobando la fuerza.


Pero no te deja quedarte ahí.


Suelta tus muñecas y desliza sus propias manos por tu pecho, bajando hasta tu cintura. Mientras su lengua explora la tuya, sus dedos ágiles desabrochan tu cinturón con un solo movimiento experto.


Click.


El botón de tu pantalón cede. El cierre baja.


Rompe el beso para mirarte a los ojos. Tiene los labios hinchados y rojos.


—Levanta un poco —te ordena en un susurro.


Obedeces sin pensar. Ella jala tus pantalones, bajandolos dejándolos en tus muslos. Te quedas en boxers, con el glande asomandose por el resorte de este.


Vanesa mete la mano dentro de tu ropa interior, que todavía te aprisiona las rodillas. Sus dedos largos y frescos envuelven tu verga.


—Tía... —jadeas, echando la cabeza hacia atrás.


El tacto es eléctrico. Ella te acaricia despacio, recorriendo el tronco, jugando con la piel sensible, midiendo tu dureza con una sonrisa de satisfacción.


—¿Me quieres tocar tú también? —pregunta, viendo cómo tus manos tiemblan.


No espera respuesta. Agarra tus manos de nuevo y, esta vez, las mete debajo de su playera blanca holgada.


El contacto piel con piel te quema. Subes las manos por sus costillas, sintiendo la suavidad de su torso, hasta que encuentras la suavidad de sus pechos. Son más grandes de lo que imaginabas. Los llenas con tus manos, apretando la carne suave. Tus pulgares rozan sus pezones y los sientes duros como piedras.


—Eso... —susurra ella, cerrando los ojos y arqueando la espalda, empujando sus senos contra tus palmas—. Apriétalos. No tengas miedo.


La imagen te vuelve loco: tú, tocando las tetas de tu tía Vanesa debajo de una playera vieja, mientras ella te masturba suavemente.


De repente, ella se detiene. Saca la mano de tu entrepierna y te empuja los hombros hacia atrás.


—Aquí amor.


Te dejas caer sobre las almohadas. Ella se levanta un segundo, solo para terminar de quitarte el boxer. Te quita la camisa. Quedas completamente desnudo, vulnerable, expuesto en la cama de un hotel, con tu verga apuntando al techo como un mástil.


Ella no se quita la playera. Le gusta jugar con esa semi-desnudez.


Se sube a la cama, gateando sobre el colchón como una felina, hasta quedar encima de ti.


Se sienta a horcajadas sobre tus caderas, pero no baja. Se queda erguida sobre sus rodillas, con los muslos abiertos a cada lado de tu torso.


La vista desde abajo es monumental. Ves sus piernas desnudas, torneadas. Ves el borde de la playera blanca que apenas cubre su sexo. Y ves su cara, mirándote desde arriba con el poder absoluto de una diosa pagana.


Ella apoya las manos en tu pecho desnudo, clavándote un poco las uñas, y empieza a mover las caderas en círculos, frotando su entrepierna —que sigue cubierta por la tanga y la humedad— contra tu abdomen bajo, apenas rozando la base de tu pene, pero sin dejarte entrar todavía.


—Mira nada más cuanto has crecido, sobrino... —te dice, sonriendo con malicia mientras sientes su calor radiando sobre ti—. Ahora eres todo mío.


Vanesa se endereza sobre ti. Con una lentitud que te desespera, engancha sus pulgares en los costados de esa tanga negra que te había vuelto loco. Tira de ella hacia abajo, liberando sus caderas, dejando que la tela de encaje se deslice por sus muslos hasta que la patea lejos, fuera de la cama.


Pero no ha terminado.


Agarra el borde de la playera holgada y, cruzando los brazos, se la quita de un solo movimiento fluido.


El aire se te escapa de los pulmones.


Ahí está. Tu tía Vanesa, desnuda en todo su esplendor sobre ti.


Sus pechos blancos, perfectos, coronados por esos pezones oscuros que ya habías adivinado bajo la tela pero que ahora te apuntan directamente. Bajas la vista. Entre sus muslos abiertos ves su sexo: no está afeitada como una niña, ni es una selva descuidada. Tiene un pequeño triángulo de vello oscuro, perfectamente recortado, estético, una flecha negra que señala el lugar donde quieres perderte.


Ella nota tu mirada clavada ahí y sonríe.


Sin decir una palabra, vuelve a bajar las caderas. Pero esta vez no hay tela que te proteja.


Sientes su calor húmedo, pegajoso, aterrizando directamente sobre tu vientre bajo. Vanesa empieza a moverse. No busca encajar de inmediato. Se dedica a restregarse, frotando sus labios mojados contra tu tronco, pintándote con su excitación.


Es un movimiento sucio, circular, de pura fricción.


—Mmm... estás hirviendo, Julián... —gime ella, echando la cabeza hacia atrás, sacudiendo el pelo.


Y entonces, sucede.


Es una cuestión de física y humedad. En uno de sus movimientos hacia adelante, mientras ella presiona su pelvis con fuerza contra la tuya, la cabeza de tu pene, resbalosa por sus fluidos, encuentra el camino.


No usa las manos. No te la acomoda. Simplemente, la fricción hace que te resbales dentro de ella.


Slop.


Entras. Solo la punta al principio, pero el movimiento de sus caderas hace que te hundas un par de centímetros más, rompiendo la tensión superficial.


—¡Ahhh! —grita ella.


El sonido te congela la sangre y te la hierve al mismo tiempo.


No es el grito agudo y risueño que recuerdas de las reuniones familiares, ni el grito de cuando jugabas a corretearla en el jardín de la abuela cuando eras niño. Nada que ver.


Es un grito de mujer. Un gemido ronco, profundo, cargado de un placer adulto y sucio. Es el sonido de tu tía recibiendo a un hombre dentro de ella.


Ella abre los ojos de golpe y te mira, con las pupilas dilatadas y la boca entreabierta.


—Se metió... —susurra, con una mezcla de sorpresa y triunfo, sin hacer el mínimo intento por salirse—. Se metió sola, Julián...


Vanesa no se apresura. En lugar de subir y bajar con frenesí, deja caer todo el peso de sus caderas sobre las tuyas, hundiéndote hasta el fondo, y empieza a mecerse. Es un movimiento lento, circular, como si estuviera moliendo café con las caderas.


Tú intentas moverte, intentas embestir hacia arriba guiado por el instinto, pero ella te frena.


Te toma las manos, que divagaban nerviosas por su espalda, y las lleva con firmeza hacia adelante.


—Aquí las quiero —murmura.


Te planta las manos abiertas sobre sus pechos desnudos. Sientes la carne suave desbordándose entre tus dedos, el peso real y magnífico de una mujer tan sensual.


—Aprieta, Julián. Hazlas tuyas.


Mientras sus caderas siguen ese vaivén hipnótico que te tiene al borde de la locura, ella se inclina sobre tu cara. No te da un beso de lengua salvaje esta vez. Empieza a darte "besitos". Besos cortos, tronados, casi tiernos. Un beso en la comisura de los labios, otro en la nariz, otro en la frente.


—Mmm... qué rico se siente... —te susurra entre beso y beso, con voz de niña mala—. Qué rica la tienes, sobrino.


Es una tortura psicológica. Esos besos pequeños te recuerdan a la tía que te saludaba en los cumpleaños, pero la sensación de su vagina apretada y caliente exprimiéndote te recuerda a la amante experta que tienes encima. Esa mezcla te tiene el cerebro frito.


Están así un rato, perdidos en esa intimidad lenta y sudorosa, hasta que ella decide cambiar el juego.


—Espera... —dice de pronto.


Deja de moverse. Apoya las manos en tu pecho y se impulsa hacia arriba.


Sientes el vacío inmediato cuando ella se sale de ti. Un sonido húmedo, pop, marca la separación, y ves un hilo brillante de fluidos conectando tu verga con su entrada antes de romperse.


Te quedas ahí, expuesto, con el pene brillando de humedad, apuntando al techo, palpitando por la interrupción brusca.


Vanesa se recorre hacia atrás en la cama, quedando arrodillada entre tus piernas. Te mira desde ahí, con el pelo revuelto y los labios hinchados. Baja la vista hacia tu erección, la toma con una mano y le da una caricia suave, evaluando la mercancía.


Luego, suelta una risa corta y te mira con esa chispa burlona en los ojos.


—Ay, mi vida... —dice, negando con la cabeza—. Y pensar que hace unos años yo te daba dinero para que te compraras dulces en la tienda...


Se inclina, sacando la lengua, lista para atacar.


—... Creo que ahora el dulce me lo vas a dar tú a mí.


Y sin más advertencias, baja la cabeza y se te traga.


Lo hace con hambre, con gusto. Sientes su boca caliente envolviéndote, su lengua experta rodeando el glande, bajando hasta la base. No es tímida. Te come como si fueras el mejor postre que ha probado en años, haciendo ruidos obscenos que te hacen arquear la espalda y olvidar que la hermana de tu madre te la esta chupando.


La broma sobre los dulces se pierde en cuanto ella vuelve a bajar la cabeza. Vanesa no juega. Su boca te envuelve con una presión y un calor que te hacen arquear la espalda contra el colchón, enterrando la nuca en las almohadas.


Sientes que te crece. Literalmente.


No es solo una erección; es como si su técnica, esa forma en que usa la garganta para succionar y la lengua para masajear el frenillo al mismo tiempo, estuviera bombeando toda la sangre de tu cuerpo hacia ese único punto. Te sientes enorme, venoso, palpitante. Cada vez que ella baja, sus labios sellan el aire, creando un vacío que te jala el alma. Escuchas los sonidos húmedos, gawk, slurp, sonidos pornográficos que rebotan en las paredes de piedra de la habitación y que te confirman que esto no es un sueño borracho.


Ella levanta la vista un segundo sin soltarte, mirándote desde abajo con los ojos vidriosos. Ve cómo has crecido dentro de su boca, cómo tu verga golpea contra su paladar, y suelta un gemido de aprobación que vibra contra tu piel.


—Mmm... eres un toro, Julián —murmura al separarse, dejando un hilo de saliva brillante—. Pero no quiero que te vengas así. Quiero sentirte todo.


Se retira hacia atrás, dejándote frío y desesperado por un segundo.


Se gira sobre la cama. Ves esa espalda que te obsesionó en la fiesta, pero ahora totalmente desnuda, brillando con una fina capa de sudor. Apoya los codos y las rodillas en el colchón, arqueando la columna de esa forma exagerada y perfecta que solo una mujer que sabe lo que tiene puede hacer.


—Ponte atrás —te ordena, mirando por encima del hombro—. Y agárrame fuerte, que me gusta rudo.


Te levantas, mareado por el deseo y el mezcal, y te acomodas detrás de ella. La vista es devastadora. Sus nalgas blancas y redondas están ahí, separadas, ofreciéndote la entrada rosada y mojada que acabas de probar.


No lo piensas. Te guías por instinto animal.


Agarras sus caderas con tus manos grandes, marcando su piel pálida con tus dedos, y empujas.


Slap.


El choque de tu pelvis contra sus glúteos suena seco. Entras de una sola estocada, hundiéndote en ella hasta la base. Vanesa suelta un grito ahogado contra la almohada y empuja hacia atrás, recibiéndote con gusto.


—¡Eso! —gita ella—. ¡Así, Julian! ¡Cogeme rico!


Empiezas a moverte. El ritmo ya no es lento ni tierno. Es una carrera frenética. Ves cómo sus pechos se balancean libres bajo su pecho con cada embestida, ves cómo su pelo se agita. El cuarto se llena del sonido de la piel chocando, de la cama crujiendo bajo el peso de los dos, de tus gruñidos y sus gemidos sucios.


Ya no hay pensamientos sobre tu madre, ni sobre la boda, ni sobre el pecado. Solo existe la fricción. Solo existe la sensación de estar poseyendo a la mujer prohibida, a la tía inalcanzable.


—¡Me vengo! —avisa ella, tensando todo el cuerpo.


Sientes cómo sus paredes internas te aprietan, una serie de contracciones rítmicas que te ordeñan sin piedad. Eso te rompe.


—¡Yo también! —ruges.


Aumentas la velocidad, tres, cuatro embestidas brutales, y te dejas ir. Te vacías dentro de ella con una intensidad dolorosa, llenándola, marcándola, sintiendo cómo tu esencia se mezcla con la de ella en lo más profundo.


Te desplomas sobre su espalda, respirando como si hubieras corrido un maratón. Ella se deja caer sobre el colchón, con las extremidades flojas, y tú te quedas ahí, encima de ella, pegado por el sudor y los fluidos, oliendo su perfume mezclado con el aroma inconfundible del sexo.


Nadie dice nada. No hace falta.


Poco a poco, te deslizas hacia un lado. Vanesa se gira y, con una naturalidad que te desarma, se acurruca contra tu pecho. Te pasa un brazo por encima y entierra la cara en tu cuello.


—Buenas noches, mi amor... —susurra, ya medio dormida.


El cansancio, el alcohol y la descarga de adrenalina te vencen. Te quedas dormido ahí, en el cuarto 402, abrazado a la hermana de tu madre, cayendo en un sueño profundo y sin sueños.


La luz de la mañana en Tepoztlán es traicionera. Entra por las rendijas de las cortinas pesadas, un rayo de sol directo a tu cara que te despierta poco a poco.


Lo primero que sientes es el dolor de cabeza leve por el mezcal. Lo segundo, es el calor de un cuerpo femenino pegado a tu espalda. Y lo tercero, y más urgente, es la erección matutina que tienes, dura como el acero, presionando contra la tela de las sábanas.


Abres los ojos. Recuerdas todo de golpe.


Te giras despacio. Vanesa sigue dormida, dándote la espalda. La sábana se ha resbalado y deja ver la curva de su cadera y el inicio de sus nalgas. Se ve más suave con la luz del día, menos depredadora, pero igual de deseable.


Tu cuerpo reacciona solo. Te pegas a su espalda, adoptando la posición de cucharita. Tu erección busca su lugar natural y se acomoda justo en la ranura de sus glúteos, presionando contra su entrada desde atrás.


Empiezas a rozarte, lento, perezoso.


Vanesa suelta un suspiro largo, pero no se aleja. Al contrario, echa las caderas hacia atrás, buscando el contacto.


—Mmm... qué manera de despertar... —ronronea, con la voz pastosa del sueño.


No necesitas invitación. Con un movimiento suave de caderas, y aprovechando la humedad residual de la noche anterior, deslizas la cabeza de tu pene dentro de ella.


Ella gime bajito. Entras despacio, centímetro a centímetro, llenándola mientras ambos siguen acostados de lado. Es un sexo distinto al de anoche. No es furioso ni prohibido; es íntimo, perezoso, increíblemente placentero.


Te mueves dentro de ella con un ritmo constante, abrazándola por la cintura, pegando tu pecho a su espalda sudada. Besas su hombro, su nuca, oliendo su piel de mañana que mezcla el aroma de las sábanas limpias con el rastro de lo que hicieron anoche. Ella se deja hacer, empujando hacia atrás para recibirte mejor, apretando tu mano que descansa en su vientre, guiando tus estocadas.


Sientes cómo la presión aumenta. La erección de la mañana es traicionera, sensible. El roce de tus muslos contra sus nalgas y la estrechez de su interior te llevan al límite mucho más rápido de lo que esperabas.


—No pares... —gime ella, sintiendo cómo te tensas—. Déjamela toda, Julián. Lléname otra vez.


Esa orden es el detonante.


Te aferras a sus caderas, clavando los dedos en su piel blanca, y aumentas la velocidad. Ya no es perezoso. Es urgente. Te pegas a ella por completo, eliminando cualquier espacio, y con un gruñido ahogado en su cuello, te dejas ir.


Sientes las pulsaciones profundas, violentas. Disparas chorro tras chorro de semen caliente, vaciándote por completo dentro de ella, inundándola. Sientes cómo ella se contrae alrededor de tu verga, exprimiéndote hasta la última gota, aceptando tu carga matutina sin reservas. Te quedas ahí, clavado, sintiendo cómo tu fluido espeso se escurre muy despacio dentro de ella, marcándola por dentro antes de que empiece el día.


Están así unos minutos largos, disfrutando del roce caliente de la piel bajo las sábanas, recuperando el aliento mientras tus pulsaciones bajan, hasta que finalmente te retiras con suavidad, dejándolos a ambos temblando abrazados en un silencio cómplice.


Media hora después, estás de pie frente al espejo de cuerpo entero, abrochándote la camisa arrugada de la noche anterior.


Te miras y te ves diferente. Tienes los ojos un poco hinchados, el pelo revuelto, y una marca roja pequeña en el cuello —un recuerdo de sus dientes— que vas a tener que esconder subiéndote el cuello del saco. Pero, sobre todo, tienes una mirada distinta. Ya no eres el sobrino que se sienta en la orilla de la mesa esperando instrucciones. Eres el hombre que acaba de poseer a la mujer de la cama.


Vanesa te observa desde el colchón, cubierta con la sábana solo hasta el pecho, dejando ver la parte superior de sus senos desnudos. Fuma un cigarro delgado, con esa elegancia descuidada que te vuelve loco. Te mira con esa sonrisa enigmática, indescifrable, de gato que se comió al canario.


—¿Te vas sin despedirte? —pregunta, soltando el humo hacia el techo de madera.


Te acercas a la cama. No dudas. Te inclinas sobre ella, invadiendo su espacio, y le das un beso en la boca. Un beso bien dado, profundo, con lengua, de hombre a mujer, no de sobrino a tía. Ella responde al instante, pasando su mano por tu nuca, reteniéndote un segundo más.


Te separas despacio.

—Nos vemos en el desayuno, Vanesa —le dices, omitiendo el título por primera vez, sintiendo el poder de llamarla por su nombre a secas.

Ella sonríe, satisfecha, viendo la transformación que ella misma provocó.

—Cierra bien la puerta al salir, guapo.

Sales del cuarto 402. El pasillo del hotel está en silencio, solo se escucha el crujido de tus pasos. Bajas las escaleras de madera, cruzas el lobby donde el recepcionista ya cambió de turno, y sales a la calle empedrada.

El aire fresco de la mañana de Tepoztlán te golpea la cara, limpiándote los pulmones, pero no la conciencia.

Caminas hacia el hotel de tus padres con las manos en los bolsillos, sintiendo el roce de la tela contra tu piel sensible, esa sensibilidad que te recuerda que hace veinte minutos estabas dentro de ella. Llegas al restaurante del hotel. Ahí están tus padres, la familia, los novios esperando el desayuno. Tu papá se ve crudo, tomando café negro con lentes oscuros. Tu mamá se ve impecable, pero con esa cara de juicio perpetuo.

—¡Julián! —exclama tu madre al verte llegar—. ¿Se puede saber dónde te metiste? Estábamos preocupadísimos. Te llamé tres veces.

Te sientas a la mesa con una calma que no sabías que tenías. Agarras una pieza de pan dulce.

—Me quedé sin pila, ma. Me encontré a unos amigos del novio y nos fuimos al "after" en una casa que rentaron —mientes con una fluidez asombrosa.

Tu madre niega con la cabeza, sirviéndote café.

—Ay, hijo, qué irresponsable. Mira nada más tu cara de desvelado.

Muerdes tu pan dulce y le das un sorbo al café caliente.

Miras a tu madre, escuchas sus críticas venenosas, y luego miras hacia la entrada del restaurante. Sabes que en cualquier momento Vanesa va a cruzar esa puerta, probablemente con lentes oscuros y esa sonrisa cínica, y sus miradas se van a cruzar.


Tú vas a sonreír. Vas a masticar despacio y vas a disfrutar el desayuno sabiendo que tú sabes exactamente dónde durmió la "vergüenza de la familia", cómo gime cuando la llenan de leche y lo bien que se siente su piel desnuda contra la tuya.


Acabas de romper el tabú más grande de tu vida. Y lo mejor de todo, es que te encantó.